Migración · 3 min de lectura · 7 de agosto de 2026

El duelo migratorio: ponerle nombre a la nostalgia

Es un duelo aunque nadie haya muerto, y casi nunca empieza en el aeropuerto. Qué se pierde al migrar, por qué cuesta tanto contarlo y qué cambia cuando eso que sientes tiene nombre.

Casi nunca empieza en el aeropuerto. Empieza un martes cualquiera, cuando alguien pronuncia mal tu nombre por décima vez y algo se te cierra en el pecho. Y lo primero que piensas es: no entiendo qué me pasa. Porque nadie murió, nadie te dejó, y la mudanza fue tu decisión. Lo que sientes no encuentra dónde apoyarse, y termina convertido en una sospecha sobre ti misma: tal vez soy desagradecida.

Se llama duelo migratorio

Es un duelo, aunque nadie haya muerto. Migrar implica pérdidas reales que no se pueden velar: el idioma en el que las bromas funcionan sin explicación, la vecina que te saludaba, la red de gente que sabía quién eras sin que tuvieras que contarte desde el principio, y esa versión de ti misma que solo existía allá.

Tiene además una característica que lo vuelve confuso: es parcial y es recurrente. Lo que perdiste no desapareció, sigue existiendo sin ti. Tu ciudad continúa, tus amigos se juntan un sábado y te mandan la foto. No hay cierre posible. Por eso no se va de una vez: vuelve en los cumpleaños, en las fechas patrias, en las videollamadas que terminan con todos despidiéndose demasiado alegres.

Migrar no es una anomalía

Si hay algo característico de la identidad humana, es el movimiento. Pocas cosas son tan humanas como irse: nadie viene de un único lugar, todos descendemos de alguien que se fue.

Pero hoy ese movimiento, inmenso y sistemático, está atravesado por la geopolítica. La capacidad de migrar se cuestiona, se restringe, se censura, y depende del pasaporte que te tocó. Hay quienes simplemente se mudan y hay quienes tienen que demostrar que merecen mudarse.

Eso tiene una consecuencia psicológica. Cuando migrar es algo que hay que justificar y agradecer, el duelo pierde su lugar. Si peleaste años por un permiso de residencia, ¿cómo vas a decir en voz alta que extrañas? El costo emocional queda subordinado al privilegio de haber podido irte.

El equipaje que ninguna aduana revisa

Hay un equipaje que no se declara en ningún control migratorio: el que se guarda en el corazón. Ahí llevas los olores de una cocina que ya no existe, las voces que hoy solo escuchas en audios, las palabras que en este idioma no significan lo mismo. Nadie te lo pesó, y sin embargo lo cargas todos los días.

Ese equipaje no es un problema a resolver. Es la prueba de que amaste algo.

Nombrarlo para poder decirlo

Cuando nombramos las cosas, les damos permiso para existir. Mientras ese dolor no tiene nombre es difuso, anónimo, secreto, ambiguo; y cuando intentas contarlo, la conversación se cierra rápido: "pero estás mejor allá", "es cuestión de tiempo". Entonces dejas de intentarlo.

Nombrarlo cambia el estatus de lo que sientes: eso difuso pasa a ser algo compartido, humano, natural, legítimo. Tienes derecho a extrañar sin que eso invalide tu decisión.

Y nombrar no resuelve nada, ni debería prometértelo nadie. Hace algo más modesto: te devuelve la posibilidad de hablarlo. Un dolor con nombre se puede contar y se puede acompañar. Un dolor sin nombre se lleva solo.

Cuidado con estar demasiado bien

Lo que lastima no es extrañar. Lo que lastima es sobreadaptarse: funcionar impecablemente, no molestar, rendir, mostrarse agradecida siempre, y dejar de registrar lo que se siente porque sentirlo no entra en la agenda. Eso no es fortaleza. Es una tristeza que sigue ahí, sin palabras, y el cuerpo suele terminar diciendo lo que no se dijo.

No hace falta convertir esto en un proyecto de superación. Alcanza con poder decirlo, con alguien que pueda escucharlo sin apurarte a que se te pase.

Ese equipaje no hay que dejarlo en ningún lado. Solo hay que dejar de cargarlo a escondidas.

Referencias

El duelo migratorio entendido como duelo múltiple, parcial y recurrente proviene del trabajo de Joseba Achotegui con población migrante. La dificultad específica de estas pérdidas —que no se confirman ni se cierran— corresponde a la pérdida ambigua descrita por Pauline Boss, y su falta de reconocimiento social, al duelo desautorizado de Kenneth Doka. El alivio que produce poner en palabras lo que se siente está documentado en la investigación sobre etiquetado afectivo.

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